San
Pablo habla de ser soldados de Cristo y de revestirnos con la armadura necesaria
para librar la batalla, entre el bien y el mal; y pienso que la mayor victoria
que uno puede tener es vencerse a sí mismo. Evidentemente Nuestro
Señor Jesús lo dijo bien claro cuando proclamaba sus enseñanzas y decía que aquel que quisiera seguirle tendría que
negarse a sí mismo, que es lo mismo que vencerse. ¿Y qué tenemos que vencer en nosotros? Muchísimas cosas, más
de las que nos imaginamos. Por eso, la gran victoria para los cristianos no está,
en lograr grandes éxitos y frutos, sino que en cada uno de nosotros, sea Cristo
que viva y que se refleje en nuestras acciones y reacciones (inesperadas) los
sentimientos y obras de un verdadero cristiano.
San José María
Escrivá de Balaguer, habla del “Minuto
Heroico” como un ejercicio que se practica desde que nos levantamos. Decía él:
“Es la hora,
en punto, de levantarte. Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y...
¡arriba! -El minuto heroico: ahí tienes una mortificación que fortalece tu
voluntad y no debilita tu naturaleza” (Camino, 206).
Si
aplicamos ese “Minuto Heroico” a tantos
y tantos momentos de nuestras vidas donde tenemos que decirnos a nosotros
mismos: “no es lo que quiero es lo que se debe”, “lo puedo hacer si quiero pero,
no es conveniente”, “si, pero no”, etc., muchas cosas serían diferentes. Es,
ese vencerse a sí mismo a las puertas de la ira, pereza, soberbia, lujuria, avaricia,
envidia y gula. Es, ir en pos de la transformación de nuestras vidas. ¡Lo
necesitamos! ¡El mundo lo necesita!
Hay
demasiados cristianos que no nos vencemos a nosotros mismos, por eso, decía Gandhi
que creía en el Dios de los cristianos pero no en los cristianos. El
cristianismo es una revolución del AMOR muy fuerte y trascendental; pero, no esa
“revolución del amor” que vimos en Jesucristo Super Star, eso es un espectáculo
que se aleja de la realidad. El verdadero AMOR que Jesús vino a mostrarnos es
aquel que es igual al SACRIFICIO; primero porque El siendo en esencia AMOR se
sacrificó por todos nosotros y segundo, porque si decimos amar Dios debemos
demostrarlo poniéndolo por encima de nuestros gustos, comodidades o placeres. Es
más, si nos amamos verdaderamente a nosotros mismo, hemos de querer lo mejor, y
eso es la felicidad ETERNA. Vencerse a uno mismo es procurar esa felicidad no
para el momento presente sino para y por toda la eternidad.
Para
lograrlo no hay que tener grandes planes espirituales, sino tener la conciencia
plena de cada momento en el que vivimos; solo así nos daremos cuenta, en un
minuto, que está pasando y de cómo podremos vencernos a nosotros mismos. Por
eso, solo basta un minuto para vencer la batalla…y de batalla en batalla se
gana la guerra.