«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)
para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)
Este
ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la
vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y
acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una
sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos
físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la
comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que
«fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar
a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin
buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co
10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de
caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.
Los
discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una
comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo.
Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver
con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la
comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el
bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también
una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta
reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por
los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se
llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican.
«Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co
12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con
los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica
cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común.
Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su
participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la
reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y
agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso
sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del
Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al
Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).
3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar
juntos en la santidad.
Esta
expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la
llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a
aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda
(cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad
animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba,
que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de
vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es
precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la
Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de
Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se
sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud
del amor y de las buenas obras.
Lamentablemente,
siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de
negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y
el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales
o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la
Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los
maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza,
retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre
actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta
ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al
reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la
sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar
sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí
mismo» (Rm 12,10).Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 3 de noviembre de 2011

















