En un MINUTO les cuento una historia cortita sobre cuatro personas llamadas: “Todo el mundo”, “Alguien”, “Cualquiera” y “Nadie”.
Existía una importante labor que realizar y “Todo el mundo” estaba seguro que “Alguien” lo haría. “Cualquiera” pudo haberlo hecho, pero “Nadie” lo hizo.
“Alguien” sintió coraje, porque era trabajo de “Todo el mundo”. “Todo el mundo” pensó que “Cualquiera” podría hacerlo, pero “Nadie” se dio cuenta que “Todo el mundo” lo haría.
Todo terminó en que “Todo el mundo” culpo a “Alguien” cuando “Nadie” hizo lo que “Cualquiera” pudo haber hecho.
¿Y tú, quien eres?
Basta un “Minuto Heroico” para ser “Alguien” que puede hacer lo que “Nadie” ha hecho bien, para dejar de ser “Cualquiera” que sea confundido con “Todo el mundo.
MENSAJE DE SU
SANTIDADBENEDICTO
XVI PARA LA CELEBRACIÓN DE
LAXLIV JORNADA MUNDIAL DE LA
La libertad
religiosa en el mundo
14. Por último, me dirijo a las comunidades cristianas
que sufren persecuciones, discriminaciones, actos de violencia e intolerancia,
en particular en Asia, en África, en Oriente Medio y especialmente en Tierra
Santa, lugar elegido y bendecido por Dios. A la vez que les renuevo mi afecto
paterno y les aseguro mi oración, pido a todos los responsables que actúen
prontamente para poner fin a todo atropello contra los cristianos que viven en
esas regiones. Que los discípulos de Cristo no se desanimen ante las
adversidades actuales, porque el testimonio del Evangelio es y será siempre
un signo de contradicción.
Meditemos en
nuestro corazón las palabras del Señor Jesús: «Dichosos los que lloran, porque
ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados […]. Dichosos vosotros cuando os insulten y os
persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y
contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,
5-12). Renovemos, pues, «el compromiso de indulgencia y de perdón que hemos
adquirido, y que invocamos en el Pater Noster, al poner nosotros mismos
la condición y la medida de la misericordia que deseamos obtener: “Y perdónanos
nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt
6, 12)».[17] La violencia no se vence con la violencia. Que
nuestro grito de dolor vaya siempre acompañado por la fe, la esperanza y el
testimonio del amor de Dios. Expreso también mi deseo de que en Occidente,
especialmente en Europa, cesen la hostilidad y los prejuicios contra los
cristianos, por el simple hecho de que intentan orientar su vida en coherencia
con los valores y principios contenidos en el Evangelio. Que Europa sepa más
bien reconciliarse con sus propias raíces cristianas, que son fundamentales
para comprender el papel que ha tenido, que tiene y que quiere tener en la
historia; de esta manera, sabrá experimentar la justicia, la concordia y la
paz, cultivando un sincero diálogo con todos los pueblos.
La libertad
religiosa, camino para la paz
15. El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de
valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede
contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden
social justo y pacífico, a nivel nacional e internacional.
La paz es un don de
Dios y al mismo tiempo un proyecto que realizar, pero que nunca se cumplirá
totalmente.Una sociedad reconciliada con Dios está más cerca de
la paz, que no es la simple ausencia de la guerra, ni el mero fruto del
predominio militar o económico, ni mucho menos de astucias engañosas o de
hábiles manipulaciones. La paz, por el contrario, es el resultado de un proceso
de purificación y elevación cultural, moral y espiritual de cada persona y cada
pueblo, en el que la dignidad humana es respetada plenamente. Invito a todos
los que desean ser constructores de paz, y sobre todo a los jóvenes, a escuchar
la propia voz interior, para encontrar en Dios referencia segura para la
conquista de una auténtica libertad, la fuerza inagotable para orientar el
mundo con un espíritu nuevo, capaz de no repetir los errores del pasado. Como
enseña el Siervo de Dios Pablo VI, a cuya sabiduría y clarividencia se debe la
institución de la Jornada Mundial de la Paz: «Ante todo, hay que dar a la Paz
otras armas que no sean las destinadas a matar y a exterminar a la humanidad.
Son necesarias, sobre todo, las armas morales, que den fuerza y prestigio al
derecho internacional; primeramente, la de observar los pactos».[18] La libertad religiosa es un arma auténtica de la paz,
con una misión histórica y profética. En efecto, ella valoriza y hace
fructificar las más profundas cualidades y potencialidades de la persona
humana, capaces de cambiar y mejorar el mundo. Ella permite alimentar la
esperanza en un futuro de justicia y paz, también ante las graves injusticias y
miserias materiales y morales. Que todos los hombres y las sociedades, en todos
los ámbitos y ángulos de la Tierra, puedan experimentar pronto la libertad
religiosa, camino para la paz.
MENSAJE DE SU
SANTIDADBENEDICTO
XVI PARA LA CELEBRACIÓN DE
LAXLIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
Vivir en
el amor y en la verdad
10. En un mundo globalizado, caracterizado
por sociedades cada vez más multiétnicas y multiconfesionales, las grandes
religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz para la
familia humana. Sobre la base de las respectivas convicciones religiosas y de
la búsqueda racional del bien común, sus seguidores están llamados a vivir con
responsabilidad su propio compromiso en un contexto de libertad religiosa. En
las diversas culturas religiosas, a la vez que se debe rechazar todo aquello que
va contra la dignidad del hombre y la mujer, se ha de tener en cuenta lo que
resulta positivo para la convivencia civil.
El espacio
público, que la comunidad internacional pone a disposición de las religiones y
su propuesta de “vida buena”, favorece el surgir de un criterio compartido de
verdad y de bien, y de un consenso moral, fundamentales para una convivencia
justa y pacífica. Los líderes de las grandes religiones, por su papel, su
influencia y su autoridad en las propias comunidades, son los primeros en ser
llamados a vivir en el respeto recíproco y en el diálogo.
Los
cristianos, por su parte, están llamados por la misma fe en Dios, Padre del
Señor Jesucristo, a vivir como hermanos que se encuentran en la Iglesia y
colaboran en la edificación de un mundo en el que las personas y los pueblos «no harán daño
ni estrago […], porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las
aguas colman el mar» (Is 11, 9).
El diálogo
como búsqueda en común
11. El diálogo entre los seguidores de las
diferentes religiones constituye para la Iglesia un instrumento importante para
colaborar con todas las comunidades religiosas al bien común. La Iglesia no
rechaza nada de lo que en las diversas religiones es verdadero y santo.
«Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y
doctrinas que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no
pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a
todos los hombres». [13]
Con eso no
se quiere señalar el camino del relativismo o del sincretismo religioso. La Iglesia, en efecto, «anuncia y tiene
la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es “camino, verdad y vida” (Jn
14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa, en
quien Dios reconcilió consigo todas las cosas». [14]
Sin embargo, esto no excluye el diálogo y
la búsqueda común de la verdad en los diferentes ámbitos vitales, pues, como
afirma a menudo santo Tomás, «toda verdad, independientemente de quien la diga,
viene del Espíritu Santo». [15]
En el año
2011 se cumplirá el 25 aniversario de la Jornada mundial de oración por la
paz, que fue convocada en Asís por el Venerable Juan Pablo II, en 1986. En
dicha ocasión, los líderes de las grandes religiones del mundo testimoniaron
que las religiones son un factor de unión y de paz, no de división y de
conflicto. El recuerdo de aquella experiencia es un motivo de esperanza en un
futuro en el que todos los creyentes se sientan y sean auténticos trabajadores
por la justicia y la paz.
Verdad
moral en la política y en la diplomacia
12. La política y la diplomacia deberían
contemplar el patrimonio moral y espiritual que ofrecen las grandes religiones
del mundo, para reconocer y afirmar aquellas verdades, principios y valores
universales que no pueden negarse sin negar la dignidad de la persona humana.
Pero, ¿qué significa, de manera práctica, promover la verdad moral en el mundo
de la política y de la diplomacia? Significa actuar de manera responsable sobre
la base del conocimiento objetivo e íntegro de los hechos; quiere decir
desarticular aquellas ideologías políticas que terminan por suplantar la verdad
y la dignidad humana, y promueven falsos valores con el pretexto de la paz, el
desarrollo y los derechos humanos; significa favorecer un compromiso constante
para fundar la ley positiva sobre los principios de la ley natural. [16] Todo esto es necesario y coherente con el
respeto de la dignidad y el valor de la persona humana, ratificado por los
Pueblos de la tierra en la Carta de la Organización de las Naciones Unidas de
1945, que presenta valores y principios morales universales como referencia
para las normas, instituciones y sistemas de convivencia en el ámbito nacional
e internacional.
Más allá
del odio y el prejuicio
13. A pesar de las enseñanzas de la historia
y el esfuerzo de los Estados, las Organizaciones internacionales a nivel
mundial y local, de las Organizaciones no gubernamentales y de todos los
hombres y mujeres de buena voluntad, que cada día se esfuerzan por tutelar los
derechos y libertades fundamentales, se siguen constatando en el mundo
persecuciones, discriminaciones, actos de violencia y de intolerancia por
motivos religiosos. Particularmente en Asia y África, las víctimas son
principalmente miembros de las minorías religiosas, a los que se les impide
profesar libremente o cambiar la propia religión a través de la intimidación y
la violación de los derechos, de las libertades fundamentales y de los bienes
esenciales, llegando incluso a la privación de la libertad personal o de la
misma vida.
Como ya he
afirmado, se dan también formas más sofisticadas de hostilidad contra la
religión, que en los Países occidentales se expresan a veces renegando de la
historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la
cultura de la mayoría de los ciudadanos. Son formas que fomentan a menudo el
odio y el prejuicio, y no coinciden con una visión serena y equilibrada del pluralismo
y la laicidad de las instituciones, además del riesgo para las nuevas
generaciones de perder el contacto con el precioso patrimonio espiritual de sus
Países.
La defensa
de la religión pasa a través de la defensa de los derechos y de las libertades
de las comunidades religiosas. Que los líderes de las grandes religiones del
mundo y los responsables de las naciones, renueven el compromiso por la
promoción y tutela de la libertad religiosa, en particular, por la defensa de
las minorías religiosas, que no constituyen una amenaza contra la identidad de
la mayoría, sino que, por el contrario, son una oportunidad para el diálogo y
el recíproco enriquecimiento cultural. Su defensa representa la manera ideal
para consolidar el espíritu de benevolencia, de apertura y de reciprocidad con
el que se tutelan los derechos y libertades fundamentales en todas las áreas y
regiones del mundo.
PARA LA CELEBRACIÓN DE
LAXLIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
La dimensión pública de la religión
6.. La libertad religiosa, como toda libertad, aunque
proviene de la esfera personal, se realiza en la relación con los demás. Una
libertad sin relación no es una libertad completa. La libertad religiosa no
se agota en la simple dimensión individual, sino que se realiza en la propia
comunidad y en la sociedad, en coherencia con el ser relacional de la persona y
la naturaleza pública de la religión.
La relacionalidad
es un componente decisivo de la libertad religiosa, que impulsa a las
comunidades de los creyentes a practicar la solidaridad con vistas al bien
común. En esta dimensión comunitaria cada persona sigue siendo única e
irrepetible y, al mismo tiempo, se completa y realiza plenamente.
Es innegable la
aportación que las comunidades religiosas dan a la sociedad. Son muchas las
instituciones caritativas y culturales que dan testimonio del papel
constructivo de los creyentes en la vida social. Más importante aún es la
contribución ética de la religión en el ámbito político. No se la debería
marginar o prohibir, sino considerarla como una aportación válida para la
promoción del bien común. En esta perspectiva, hay que mencionar la dimensión
religiosa de la cultura, que a lo largo de los siglos se ha forjado gracias a
la contribución social y, sobre todo, ética de la religión. Esa dimensión no
constituye de ninguna manera una discriminación para los que no participan de
la creencia, sino que más bien refuerza la cohesión social, la integración y la
solidaridad.
La libertad
religiosa, fuerza de libertad y de civilización: los peligros de su
instrumentalización
7. La instrumentalización de la libertad religiosa
para enmascarar intereses ocultos, como por ejemplo la subversión del orden
constituido, la acumulación de recursos o la retención del poder por parte de
un grupo, puede provocar daños enormes a la sociedad.El fanatismo, el
fundamentalismo, las prácticas contrarias a la dignidad humana, nunca se pueden
justificar y mucho menos si se realizan en nombre de la religión. La profesión
de una religión no se puede instrumentalizar ni imponer por la fuerza. Es
necesario, entonces, que los Estados y las diferentes comunidades humanas no
olviden nunca que la libertad religiosa es condición para la búsqueda de la
verdad y que la verdad no se impone con la violencia sino por «la fuerza de la
misma verdad». [10] En este sentido, la religión es una fuerza positivay promotora de la construcción de la sociedad civil y política.
¿Cómo negar la
aportación de las grandes religiones del mundo al desarrollo de la
civilización? La búsqueda sincera de Dios ha llevado a un mayor respeto de la
dignidad del hombre. Las comunidades cristianas, con su patrimonio de valores y
principios, han contribuido mucho a que las personas y los pueblos hayan tomado
conciencia de su propia identidad y dignidad, así como a la conquista de
instituciones democráticas y a la afirmación de los derechos del hombre con sus
respectivas obligaciones.
También hoy, en una
sociedad cada vez más globalizada, los cristianos están llamados a dar su
aportación preciosa al fatigoso y apasionante compromiso por la justicia, al
desarrollo humano integral y a la recta ordenación de las realidades humanas,
no sólo con un compromiso civil, económico y político responsable, sino también
con el testimonio de su propia fe y caridad. La exclusión de la religión de la
vida pública, priva a ésta de un espacio vital que abre a la trascendencia. Sin
esta experiencia primaria resulta difícil orientar la sociedad hacia principios
éticos universales, así como al establecimiento de ordenamientos nacionales e
internacionales en que los derechos y libertades fundamentales puedan ser
reconocidos y realizados plenamente, conforme a lo propuesto en los objetivos
de la Declaración Universal de los derechos del hombre de 1948, aún hoy
por desgracia incumplidos o negados.
Una cuestión de
justicia y de civilización: el fundamentalismo y la hostilidad contra los
creyentes comprometen la laicidad positiva de los Estados
8. La misma determinación con la que se condenan todas
las formas de fanatismo y fundamentalismo religioso ha de animar la oposición a
todas las formas de hostilidad contra la religión, que limitan el papel público
de los creyentes en la vida civil y política.
No se ha de olvidar
que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas especulares y
extremas de rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad. En
efecto, ambos absolutizan una visión reductiva y parcial de la persona humana,
favoreciendo, en el primer caso, formas de integrismo religioso y, en el
segundo, de racionalismo. La sociedad que quiere imponer o, al contrario,
negar la religión con la violencia, es injusta con la persona y con Dios, pero
también consigo misma. Dios llama a sí a la humanidad con un designio de amor
que, implicando a toda la persona en su dimensión natural y espiritual, reclama
una correspondencia en términos de libertad y responsabilidad, con todo el
corazón y el propio ser, individual y comunitario. Por tanto, también la
sociedad, en cuanto expresión de la persona y del conjunto de sus dimensiones
constitutivas, debe vivir y organizarse de tal manera que favorezca la apertura
a la trascendencia. Por eso, las leyes y las instituciones de una sociedad no
se pueden configurar ignorando la dimensión religiosa de los ciudadanos, o de
manera que prescinda totalmente de ella. A través de la acción democrática de
ciudadanos conscientes de su alta vocación, se han de conmensurar con el ser de
la persona, para poder secundarlo en su dimensión religiosa. Al no ser ésta una
creación del Estado, no puede ser manipulada, sino que más bien debe reconocerla
y respetarla.
El ordenamiento
jurídico en todos los niveles, nacional e internacional, cuando consiente o
tolera el fanatismo religioso o antirreligioso, no cumple con su misión, que
consiste en la tutela y promoción de la justicia y el derecho de cada uno.
Éstas últimas no pueden quedar al arbitrio del legislador o de la mayoría
porque, como ya enseñaba Cicerón, la justicia consiste en algo más que un mero
acto productor de la ley y su aplicación. Implica el reconocimiento de la
dignidad de cada uno,[11] la cual, sin libertad religiosa garantizada y vivida
en su esencia, resulta mutilada y vejada, expuesta al peligro de caer en el
predominio de los ídolos, de bienes relativos transformados en absolutos. Todo
esto expone a la sociedad al riesgo de totalitarismos políticos e ideológicos,
que enfatizan el poder público, mientras se menoscaba y coarta la libertad de
conciencia, de pensamiento y de religión, como si fueran rivales.
Diálogo entre
instituciones civiles y religiosas
9. El patrimonio de principios y valores expresados en
una religiosidad auténtica es una riqueza para los pueblos y su ethos.
Se dirige directamente a la conciencia y a la razón de los hombres y mujeres,
recuerda el imperativo de la conversión moral, motiva el cultivo y la práctica
de las virtudes y la cercanía hacia los demás con amor, bajo el signo de la
fraternidad, como miembros de la gran familia humana. [12]
La dimensión
pública de la religión ha de ser siempre reconocida, respetando la laicidad
positiva de las instituciones estatales. Para dicho fin, es fundamental un
sano diálogo entre las instituciones civiles y las religiosas para el
desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad.
MENSAJE DE SU SANTIDADBENEDICTO XVI PARA LA CELEBRACIÓN DE LAXLIV JORNADA
MUNDIAL DE LA PAZ
Libertad religiosa
y respeto recíproco
3. La libertad religiosa está en el origen de la
libertad moral. En efecto, la apertura a la verdad y al bien, la apertura a
Dios, enraizada en la naturaleza humana, confiere a cada hombre plena dignidad,
y es garantía del respeto pleno y recíproco entre las personas. Por tanto, la
libertad religiosa se ha de entender no sólo como ausencia de coacción, sino
antes aún como capacidad de ordenar las propias opciones según la verdad.
Entre libertad y
respeto hay un vínculo inseparable; en efecto, «al ejercer sus derechos, los
individuos y grupos sociales están obligados por la ley moral a tener en cuenta
los derechos de los demás y sus deberes con relación a los otros y al bien
común de todos».[5]
Una libertad
enemiga o indiferente con respecto a Dios termina por negarse a sí
misma y no garantiza el pleno respeto del otro. Una voluntad que se cree
radicalmente incapaz de buscar la verdad y el bien no tiene razones objetivas y
motivos para obrar, sino aquellos que provienen de sus intereses momentáneos y
pasajeros; no tiene una “identidad” que custodiar y construir a través de las
opciones verdaderamente libres y conscientes. No puede, pues, reclamar el
respeto por parte de otras “voluntades”, que también están desconectadas de su
ser más profundo, y que pueden hacer prevalecer otras “razones” o incluso
ninguna “razón”. La ilusión de encontrar en el relativismo moral la clave para
una pacífica convivencia, es en realidad el origen de la división y negación de
la dignidad de los seres humanos. Se comprende entonces la necesidad de
reconocer una doble dimensión en la unidad de la persona humana: la religiosa
y la social. A este respecto, es inconcebible que los creyentes «tengan
que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca
debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios
derechos».[6]
La familia, escuela
de libertad y de paz
4. Si la libertad religiosa es camino para la paz, la educación
religiosa es una vía privilegiada que capacita a las nuevas generaciones
para reconocer en el otro a su propio hermano o hermana, con quienes camina y
colabora para que todos se sientan miembros vivos de la misma familia humana,
de la que ninguno debe ser excluido.
La familia fundada
sobre el matrimonio, expresión de la unión íntima y de la complementariedad
entre un hombre y una mujer, se inserta en este contexto como la primera
escuela de formación y crecimiento social, cultural, moral y espiritual de los
hijos, que deberían ver siempre en el padre y la madre el primer testimonio de
una vida orientada a la búsqueda de la verdad y al amor de Dios. Los mismos
padres deberían tener la libertad de poder transmitir a los hijos, sin
constricciones y con responsabilidad, su propio patrimonio de fe, valores y
cultura. La familia, primera célula de la sociedad humana, sigue siendo el
ámbito primordial de formación para unas relaciones armoniosas en todos los
ámbitos de la convivencia humana, nacional e internacional. Éste es el camino
que se ha de recorrer con sabiduría para construir un tejido social sólido y
solidario, y preparar a los jóvenes para que, con un espíritu de comprensión y
de paz, asuman su propia responsabilidad en la vida, en una sociedad libre.
Un patrimonio común
5. Se puede decir que, entre los derechos y
libertades fundamentales enraizados en la dignidad de la persona, la libertad
religiosa goza de un estatuto especial.Cuando se reconoce la libertad religiosa,
la dignidad de la persona humana se respeta en su raíz, y se refuerzan el ethos
y las instituciones de los pueblos. Y viceversa, cuando se niega la libertad
religiosa, cuando se intenta impedir la profesión de la propia religión o fe y
vivir conforme a ellas, se ofende la dignidad humana, a la vez que se amenaza
la justicia y la paz, que se fundan en el recto orden social construido a la
luz de la Suma Verdad y Sumo Bien.
La libertad
religiosa significa también, en este sentido, una conquista de progreso
político y jurídico. Es un bien
esencial: toda persona ha de poder ejercer libremente el derecho a profesar y
manifestar, individualmente o comunitariamente, la propia religión o fe, tanto
en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, las publicaciones,
el culto o la observancia de los ritos. No debería haber obstáculos si quisiera
adherirse eventualmente a otra religión, o no profesar ninguna. En este ámbito,
el ordenamiento internacional resulta emblemático y es una referencia esencial
para los Estados, ya que no consiente ninguna derogación de la libertad
religiosa, salvo la legítima exigencia del justo orden público. [7] El ordenamiento internacional, por tanto, reconoce a
los derechos de naturaleza religiosa el mismo status que el derecho a la
vida y a la libertad personal, como prueba de su pertenencia al núcleo
esencial de los derechos del hombre, de los derechos universales y
naturales que la ley humana jamás puede negar.
La libertad
religiosa no es patrimonio exclusivo de los creyentes, sino de toda la familia
de los pueblos de la tierra. Es un elemento
imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo
tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su
cumbre. Es un «indicador para verificar el respeto de todos los demás derechos
humanos».[8] Al mismo tiempo que favorece el ejercicio de las
facultades humanas más específicas, crea las condiciones necesarias para la
realización de un desarrollo integral, que concierne de manera unitaria
a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones.[9]
MENSAJE DE SU SANTIDADBENEDICTO XVI PARA LA CELEBRACIÓN DE LAXLIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
LA
LIBERTAD RELIGIOSA, CAMINO PARA LA PAZ
1. Al comienzo de un nuevo año deseo hacer
llegar a todos mi felicitación; es un deseo de serenidad y de prosperidad, pero
sobre todo de paz. El año que termina también ha estado marcado lamentablemente
por persecuciones, discriminaciones, por terribles actos de violencia y de
intolerancia religiosa. Pienso de
modo particular en la querida tierra de Irak, que en su camino hacia la deseada
estabilidad y reconciliación sigue siendo escenario de violencias y atentados.
Vienen a la memoria los recientes sufrimientos de la comunidad cristiana, y de
modo especial el vil ataque contra la catedral sirio-católica Nuestra Señora
del Perpetuo Socorro, de Bagdad, en la que el 31 de octubre pasado fueron
asesinados dos sacerdotes y más de cincuenta fieles, mientras estaban reunidos
para la celebración de la Santa Misa. En los días siguientes se han sucedido
otros ataques, también a casas privadas, provocando miedo en la comunidad
cristiana y el deseo en muchos de sus miembros de emigrar para encontrar
mejores condiciones de vida. Deseo manifestarles mi cercanía, así como la de toda
la Iglesia, y que se ha expresado de una manera concreta en la reciente Asamblea Especial para Medio Oriente
del Sínodo de los Obispos. Ésta ha dirigido una palabra de aliento a las comunidades católicas en
Irak y en Medio Oriente para vivir la comunión y seguir dando en aquellas
tierras un testimonio valiente de fe.
Agradezco
vivamente a los Gobiernos que se esfuerzan por aliviar los sufrimientos de
estos hermanos en humanidad, e invito a los Católicos a rezar por sus hermanos
en la fe, que sufren violencias e intolerancias, y a ser solidarios con ellos.
En este contexto, siento muy viva la necesidad de compartir con vosotros
algunas reflexiones sobre la libertad religiosa, camino para la paz. En efecto,
se puede constatar con dolor que en algunas regiones del mundo la profesión y
expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad
personal. En otras regiones, se dan formas más silenciosas y sofisticadas de
prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos. Los
cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de
persecuciones a causa de su fe. Muchos sufren cada día ofensas y viven
frecuentemente con miedo por su búsqueda de la verdad, su fe en Jesucristo y
por su sincero llamamiento a que se reconozca la libertad religiosa. Todo esto
no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad
humana; además es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la
realización de un auténtico desarrollo humano integral.[1]
En efecto,
en la libertad religiosa se expresa la especificidad de la persona humana, por
la que puede ordenar la propia vida personal y social a Dios, a cuya luz se
comprende plenamente la identidad, el sentido y el fin de la persona. Negar o
limitar de manera arbitraria esa libertad, significa cultivar una visión
reductiva de la persona humana, oscurecer el papel público de la religión;
significa generar una sociedad injusta, que no se ajusta a la verdadera
naturaleza de la persona humana; significa hacer imposible la afirmación de
una paz auténtica y estable para toda la familia humana.
Por tanto,
exhorto a los hombres y mujeres de buena voluntad a renovar su compromiso por
la construcción de un mundo en el que todos puedan profesar libremente su
religión o su fe, y vivir su amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma
y con toda la mente (cf. Mt 22, 37). Éste es el sentimiento que inspira
y guía el Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de la Paz, dedicado al
tema: La libertad religiosa, camino para la paz.
Derecho
sagrado a la vida y a una vida espiritual
2. El derecho a la libertad religiosa se
funda en la misma dignidad de la persona humana,[2] cuya naturaleza trascendente no se puede
ignorar o descuidar. Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza
(cf. Gn 1, 27). Por eso, toda persona es titular del derecho sagrado
a una vida íntegra, también desde el punto de vista espiritual. Si no se
reconoce su propio ser espiritual, sin la apertura a la trascendencia, la
persona humana se repliega sobre sí misma, no logra encontrar respuestas a los
interrogantes de su corazón sobre el sentido de la vida, ni conquistar valores
y principios éticos duraderos, y tampoco consigue siquiera experimentar una
auténtica libertad y desarrollar una sociedad justa. [3]
La Sagrada
Escritura, en sintonía con nuestra propia experiencia, revela el valor profundo
de la dignidad humana: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y
las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el
ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo
coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8, 4-7).
Ante la
sublime realidad de la naturaleza humana, podemos experimentar el mismo asombro
del salmista. Ella se manifiesta como apertura al Misterio, como capacidad de
interrogarse en profundidad sobre sí mismo y sobre el origen del universo, como
íntima resonancia del Amor supremo de Dios, principio y fin de todas las cosas,
de cada persona y de los pueblos. [4] La dignidad trascendente de la persona es
un valor esencial de la sabiduría judeo-cristiana, pero, gracias a la razón,
puede ser reconocida por todos. Esta dignidad, entendida como capacidad de
trascender la propia materialidad y buscar la verdad, ha de ser reconocida como
un bien universal, indispensable para la construcción de una sociedad
orientada a la realización y plenitud del hombre. El respeto de los elementos
esenciales de la dignidad del hombre, como el derecho a la vida y a la libertad
religiosa, es una condición para la legitimidad moral de toda norma social y
jurídica.