MENSAJE DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA XLIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA XLIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
LA
LIBERTAD RELIGIOSA, CAMINO PARA LA PAZ
1. Al comienzo de un nuevo año deseo hacer
llegar a todos mi felicitación; es un deseo de serenidad y de prosperidad, pero
sobre todo de paz. El año que termina también ha estado marcado lamentablemente
por persecuciones, discriminaciones, por terribles actos de violencia y de
intolerancia religiosa. Pienso de
modo particular en la querida tierra de Irak, que en su camino hacia la deseada
estabilidad y reconciliación sigue siendo escenario de violencias y atentados.
Vienen a la memoria los recientes sufrimientos de la comunidad cristiana, y de
modo especial el vil ataque contra la catedral sirio-católica Nuestra Señora
del Perpetuo Socorro, de Bagdad, en la que el 31 de octubre pasado fueron
asesinados dos sacerdotes y más de cincuenta fieles, mientras estaban reunidos
para la celebración de la Santa Misa. En los días siguientes se han sucedido
otros ataques, también a casas privadas, provocando miedo en la comunidad
cristiana y el deseo en muchos de sus miembros de emigrar para encontrar
mejores condiciones de vida. Deseo manifestarles mi cercanía, así como la de toda
la Iglesia, y que se ha expresado de una manera concreta en la reciente Asamblea Especial para Medio Oriente
del Sínodo de los Obispos. Ésta ha dirigido una palabra de aliento a las comunidades católicas en
Irak y en Medio Oriente para vivir la comunión y seguir dando en aquellas
tierras un testimonio valiente de fe.
Agradezco
vivamente a los Gobiernos que se esfuerzan por aliviar los sufrimientos de
estos hermanos en humanidad, e invito a los Católicos a rezar por sus hermanos
en la fe, que sufren violencias e intolerancias, y a ser solidarios con ellos.
En este contexto, siento muy viva la necesidad de compartir con vosotros
algunas reflexiones sobre la libertad religiosa, camino para la paz. En efecto,
se puede constatar con dolor que en algunas regiones del mundo la profesión y
expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad
personal. En otras regiones, se dan formas más silenciosas y sofisticadas de
prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos. Los
cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de
persecuciones a causa de su fe. Muchos sufren cada día ofensas y viven
frecuentemente con miedo por su búsqueda de la verdad, su fe en Jesucristo y
por su sincero llamamiento a que se reconozca la libertad religiosa. Todo esto
no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad
humana; además es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la
realización de un auténtico desarrollo humano integral.[1]
En efecto,
en la libertad religiosa se expresa la especificidad de la persona humana, por
la que puede ordenar la propia vida personal y social a Dios, a cuya luz se
comprende plenamente la identidad, el sentido y el fin de la persona. Negar o
limitar de manera arbitraria esa libertad, significa cultivar una visión
reductiva de la persona humana, oscurecer el papel público de la religión;
significa generar una sociedad injusta, que no se ajusta a la verdadera
naturaleza de la persona humana; significa hacer imposible la afirmación de
una paz auténtica y estable para toda la familia humana.
Por tanto,
exhorto a los hombres y mujeres de buena voluntad a renovar su compromiso por
la construcción de un mundo en el que todos puedan profesar libremente su
religión o su fe, y vivir su amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma
y con toda la mente (cf. Mt 22, 37). Éste es el sentimiento que inspira
y guía el Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de la Paz, dedicado al
tema: La libertad religiosa, camino para la paz.
Derecho
sagrado a la vida y a una vida espiritual
2. El derecho a la libertad religiosa se
funda en la misma dignidad de la persona humana,[2] cuya naturaleza trascendente no se puede
ignorar o descuidar. Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza
(cf. Gn 1, 27). Por eso, toda persona es titular del derecho sagrado
a una vida íntegra, también desde el punto de vista espiritual. Si no se
reconoce su propio ser espiritual, sin la apertura a la trascendencia, la
persona humana se repliega sobre sí misma, no logra encontrar respuestas a los
interrogantes de su corazón sobre el sentido de la vida, ni conquistar valores
y principios éticos duraderos, y tampoco consigue siquiera experimentar una
auténtica libertad y desarrollar una sociedad justa. [3]
La Sagrada
Escritura, en sintonía con nuestra propia experiencia, revela el valor profundo
de la dignidad humana: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y
las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el
ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo
coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8, 4-7).
Ante la
sublime realidad de la naturaleza humana, podemos experimentar el mismo asombro
del salmista. Ella se manifiesta como apertura al Misterio, como capacidad de
interrogarse en profundidad sobre sí mismo y sobre el origen del universo, como
íntima resonancia del Amor supremo de Dios, principio y fin de todas las cosas,
de cada persona y de los pueblos. [4] La dignidad trascendente de la persona es
un valor esencial de la sabiduría judeo-cristiana, pero, gracias a la razón,
puede ser reconocida por todos. Esta dignidad, entendida como capacidad de
trascender la propia materialidad y buscar la verdad, ha de ser reconocida como
un bien universal, indispensable para la construcción de una sociedad
orientada a la realización y plenitud del hombre. El respeto de los elementos
esenciales de la dignidad del hombre, como el derecho a la vida y a la libertad
religiosa, es una condición para la legitimidad moral de toda norma social y
jurídica.


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