sábado, 24 de diciembre de 2011
lunes, 19 de diciembre de 2011
MIRAR HACIA LO ALTO, HACIA DIOS
Generalmente, los seres humanos de esta época andamos, no solo con los pies en la tierra, sino con el corazón y la mirada. Estamos enraizados en lo material, en aquello que no trasciende y mirar al Cielo, no es lo cotidiano. Y cuando digo Cielo, no me refiero a la atmósfera o ese espacio visual que rodea la tierra, que por cierto, tampoco lo vemos mucho; más bien me refiero a ese mundo sobrenatural, místico y eterno donde cada alma ha de morar en, por y con Dios.
La semana pasada, en
la Ciudad del Vaticano, se encendió el árbol más grande del mundo (que desde 1991 aparece
en el libro “Guiness" de los récord en
1991), el famoso
Árbol de Gubbio. Esta vez fue un
hermoso árbol de abeto rojo de 30.5 metros de altura que Ucrania envió como regalo
al Vaticano. El árbol fue encendido por Su Santidad Benedicto XVI electrónicamente,
a través de una “tableta” electrónica (me encanta lo cibernéticamente actualizado
que esta el Santo Padre).
En referencia al “Árbol
de Navidad”, nuestro querido Papa rogó
para que la mente y el corazón de los hombres “mire hacia lo alto, hacia Dios”.
¡Que trascendental suplica para estas Navidades!
Entre otras cosas, Benedicto XVI con su sabiduría y
profundidad habitual, decía también que “La Navidad es una fiesta cristiana y sus símbolos
constituyen referencias importantes al gran misterio de la encarnación y el
nacimiento de Jesús que la liturgia recuerda constantemente”; “El creador del
universo, haciéndose niño, vino entre nosotros para compartir nuestro camino;
se hizo pequeño para entrar en el corazón del ser humano y renovarlo con su
amor. Preparémonos a acogerlo con fe”. Y poniendo los ojos en los signos de la Navidad,
dice: “El árbol y el nacimiento son elementos de ese clima característico de
Navidad que pertenece al patrimonio espiritual de nuestras comunidades, una
atmósfera teñida de religiosidad e intimidad familiar que debemos conservar
también en la sociedad actual”.
Sin embargo los tiempos que estamos viviendo son bien confusos, y este “patrimonio espiritual” se ha ido perdiendo; la Navidad, en lugar de teñirse de “religiosidad e intimidad familiar”, se ha teñido de consumismo, materialismo, superficialidad, en fin, las Navidades se han convertido en verdaderas fiestas paganas. La humanidad anda dispersa, por tanta indiferencia, confusión y crisis de fe.
Ahora bien, no
podemos echar a un lado que en medio de tantos contratiempos de esta época, hay
quienes buscan la VERDAD, el CAMINO… Por eso el Papa decía: "También
los hombres necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos dé
esperanza, especialmente en este tiempo en el que sentimos de manera particular
el peso de las dificultades, de los problemas, de los sufrimientos y en el que
un velo de oscuridad parece envolvernos”. En ese orden de ideas, "cualquier pequeño
gesto de bondad es como una luz de este gran árbol y junto a las otras luces es
capaz de iluminar la oscuridad de la noche, incluso la más oscura".
Mirar hacia el Cielo es mirar hacia Dios. La Navidad es un tiempo esencialmente especial para elevar el espíritu hacia las cosas trascendentales; desde la humildad del Pesebre, desde los brazos de María Santísima podemos elevarnos y crecer. Construyamos nuestro 'árbol de Navidad’, que nuestras ramas verdes nos lleven mantener la esperanza en la vida sobrenatural y eterna, que nuestras lucecitas de colores sean la manifestaciones de esa gracia de Dios, que se encienden por la participación de los sacramentos y la oración, y que los adornos sean los actos de virtud, que al negarnos a nosotros mismos adornan nuestro espíritu.
Que la Santísima Virgen interceda ante nosotros para que reflexionando en estas palabras del Santo Padre, podamos mirar muy alto, muy alto al Cielo y encontrar nuestra esencia en Dios, en esta Navidad y siempre.
Sin embargo los tiempos que estamos viviendo son bien confusos, y este “patrimonio espiritual” se ha ido perdiendo; la Navidad, en lugar de teñirse de “religiosidad e intimidad familiar”, se ha teñido de consumismo, materialismo, superficialidad, en fin, las Navidades se han convertido en verdaderas fiestas paganas. La humanidad anda dispersa, por tanta indiferencia, confusión y crisis de fe.
Ahora bien, no
podemos echar a un lado que en medio de tantos contratiempos de esta época, hay
quienes buscan la VERDAD, el CAMINO… Por eso el Papa decía: "También
los hombres necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos dé
esperanza, especialmente en este tiempo en el que sentimos de manera particular
el peso de las dificultades, de los problemas, de los sufrimientos y en el que
un velo de oscuridad parece envolvernos”. En ese orden de ideas, "cualquier pequeño
gesto de bondad es como una luz de este gran árbol y junto a las otras luces es
capaz de iluminar la oscuridad de la noche, incluso la más oscura".Mirar hacia el Cielo es mirar hacia Dios. La Navidad es un tiempo esencialmente especial para elevar el espíritu hacia las cosas trascendentales; desde la humildad del Pesebre, desde los brazos de María Santísima podemos elevarnos y crecer. Construyamos nuestro 'árbol de Navidad’, que nuestras ramas verdes nos lleven mantener la esperanza en la vida sobrenatural y eterna, que nuestras lucecitas de colores sean la manifestaciones de esa gracia de Dios, que se encienden por la participación de los sacramentos y la oración, y que los adornos sean los actos de virtud, que al negarnos a nosotros mismos adornan nuestro espíritu.
Que la Santísima Virgen interceda ante nosotros para que reflexionando en estas palabras del Santo Padre, podamos mirar muy alto, muy alto al Cielo y encontrar nuestra esencia en Dios, en esta Navidad y siempre.
lunes, 12 de diciembre de 2011
ORACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE
DEL BEATO JUAN
PABLO II
¡Oh Virgen Inmaculada
Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión
a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión
a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de misericordia,
Maestra del sacrificio escondido y silencioso,
a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores,
te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.
Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos,
nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Da la paz, la justicia y la
prosperidad a nuestros pueblos;
ya que todo lo que tenemos y somos lo ponernos bajo tu cuidado,
Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente
tuyos y recorrer contigo el camino
de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia:
no nos sueltes de tu mano amorosa.
Virgen de Guadalupe, Madre
de las Américas,
te pedimos por todos los obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos
de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.
Contempla esta inmensa
mies, e intercede para que el Señor infunda
hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes
vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe
y celosos dispensadores de los misterios de Dios.
Concede a nuestros hogares
la gracia de amar y de respetar la vida que comienza,
con el mismo amor con el que concebiste en tu seno
la vida del Hijo de Dios.
Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias,
para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.
Esperanza nuestra, míranos
con compasión,
enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos
a levantarnos, a volver a El, mediante la confesión de nuestras culpas
y pecados en el sacramento de la penitencia,
que trae sosiego al alma.
Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos
que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.
Así, Madre Santísima, con
la paz de Dios en la conciencia,
con nuestros corazones libres de mal y de odios,
podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz,
que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
que con Dios Padre y con el Espíritu Santo,
vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
México, enero de 1979.
(En Youtube encuentras las dos partes que siguientes)
jueves, 8 de diciembre de 2011
EN HONOR A LA INMACULADA
Sermón de Fray Luis de Granada (siglo XVI)
"Dos casas tuvo Dios en este mundo señaladas entre todas las otras. La Una fue la humanidad de Jesucristo, en la cual mora la divinidad de Dios corporalmente, como dice el Apóstol(Col 2, 9) y la otra, las entrañas virginales de Nuestra Señora, en las cuales moró por espacio de nueve meses. Estas dos casas fueron figuradas en aquellos dos templos que hubo en el Viejo Testamento, uno de ellos que hizo Salomón (1R 7,1) y el otro que se edificó en tiempo de Zorobabel, después del cautiverio de Babilonia (Esd 6,17).
Estos dos templos concuerdan en una cosa y difieren en dos. Concuerdan en ser ambos templos de un mismo Dios, y difieren, lo primero, en la riqueza y primor de las labores, porque mucho más rico fue el primero que el segundo, y lo segundo, en la fiesta de la dedicación de ellos (1R 8,1). Porque en la dedicación del primero todos cantaban y otros lloraban: cantaban los que veían ya acabada aquella obra que tanto deseaban y lloraban los que se acordaban de la riqueza y hermosura del templo pasado, viendo cuán baja obra era ésta en comparación de aquélla.

Pues esto mismo nos acontece ahora en el día de la dedicación de estos dos templos místicos de que hablamos. Y por el día de la dedicación entendemos el día de la concepción; porque este día fueron estos dos templos dedicados y consagrados. Pues en el día de la concepción del Hijo, todos cantan, todos alaban a Dios, todos dicen que fue concebido del Espíritu Santo, y por eso su concepción fue santa y limpia de todo pecado, y donde no hay pecado, no hay materia de lágrimas, sino de alegría y de alabanza. Mas en la concepción de la madre, unos cantan, otros lloran; unos cantan y dicen: Toda eres hermosa, amiga mía y en ti no hay mancha (Ct 4, 7). Otros lloran y dicen: Todos pecaron en Adán (Rm 3, 23)[1] y tienen necesidad de la gracia de Dios. Mas todos concuerdan en que la sacratísima Virgen, antes que naciese, fue llena de todas las gracias y dones del Espíritu Santo, porque así convenía que fuese al ser escogida para ser madre del Salvador del mundo.
Cuán grandefuese esta gracia y estas virtudes, no hay lengua humana que lo pueda declarar. La razón es porque Dios hace todas las cosas conformes a los fines para que las escoge, y así las provee perfectísimamente de lo que para ellas es necesario. Escogió, Dios, a Oliab para maestro de su arca (Ex 36,1), escogió a San Pablo y a todos los otros apóstoles para maestros de su Iglesia. Pues, conforme a esto, los proveyó perfectísimamente de todas aquellas habilidades y facultades que para eso se requerían.
Y porque a esta sacratísima Virgen escogió para la mayor dignidad que se puede conceder a pura criatura, de aquí viene que la adornó y engrandeció con mayor gracia, con mayores dones y virtudes que jamás se concedieron a ninguna pura criatura".
"Bendita tú entre las mujeres"
(Lc 1,42)
De San Venancio Fortunato
"Oh excelente belleza, oh mujer que eres la imagen de la salvación, potente por causa del fruto de tu parto y que gustas por tu virginidad, por tu medio la salvación del mundo se ha dignodo nacer y restaurar el género humano que la soberbia Eva ha traído al mundo".
(In Laudem Sanctae Mariae; PL 88, 276-284).
domingo, 4 de diciembre de 2011
"VELAD"
(Mensaje del Papa Benedicto XVI al inicio de este Adviento / 27 de noviembre)
¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy iniciamos en toda la Iglesia el nuevo Año
litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir juntos en las comunidades cristianas,
pero también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del mundo, para
abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. El Año
litúrgico empieza con el Tiempo de Adviento: tiempo estupendo en el que se
despierta en los corazones la espera de la vuelta de Cristo y la memoria de su
primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne
mortal.
“¡Velad!”. Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio
de hoy. Lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: “¡Velad!” (Mt 13,37).
Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión
terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”, como una plantita que
germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el
hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros
será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha usado las propias
capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también
para el bien de los hermanos.
También Isaías, el profeta del Adviento, nos hace
reflexionar hoy con una sentida oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo.
Reconoce las faltas de su gente, y en un cierto momento dice: “Nadie invocaba
tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a tí; porque tu nos escondías
tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades” (Is 64,6). ¿Cómo no quedar
impresionados por esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas del mundo
postmoderno: las ciudades donde la vida se hace anónima y horizontal, donde
Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el artífice y el
director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencias,
técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y a veces, en este mundo que
parece casi perfecto, suceden cosas chocantes, o en la naturaleza, o en la
sociedad, por las que pensamos que Dios pareciera haberse retirado, que nos
hubiera, por así decir, abandonado a nosotros mismos.
En realidad, el verdadero “dueño” del mundo no es el
hombre, sino Dios. El Evangelio dice: “Así que velad, porque no sabéis cuándo
llegará el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, al canto del
gallo o al amanecer. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos”
(Mc 13,35-36). El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos esto para que
nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro de Dios. El
rostro no de un “amo”, sino de un Padre y de un Amigo. Con la Virgen María, que
nos guía en el camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras del profeta.
"Señor, tu eres nuestro padre; nosotros somos de arcilla y tu el que nos
plasma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Is 64,7).
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