(Mensaje del Papa Benedicto XVI al inicio de este Adviento / 27 de noviembre)
¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy iniciamos en toda la Iglesia el nuevo Año
litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir juntos en las comunidades cristianas,
pero también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del mundo, para
abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. El Año
litúrgico empieza con el Tiempo de Adviento: tiempo estupendo en el que se
despierta en los corazones la espera de la vuelta de Cristo y la memoria de su
primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne
mortal.
“¡Velad!”. Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio
de hoy. Lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: “¡Velad!” (Mt 13,37).
Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión
terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”, como una plantita que
germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el
hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros
será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha usado las propias
capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también
para el bien de los hermanos.
También Isaías, el profeta del Adviento, nos hace
reflexionar hoy con una sentida oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo.
Reconoce las faltas de su gente, y en un cierto momento dice: “Nadie invocaba
tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a tí; porque tu nos escondías
tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades” (Is 64,6). ¿Cómo no quedar
impresionados por esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas del mundo
postmoderno: las ciudades donde la vida se hace anónima y horizontal, donde
Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el artífice y el
director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencias,
técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y a veces, en este mundo que
parece casi perfecto, suceden cosas chocantes, o en la naturaleza, o en la
sociedad, por las que pensamos que Dios pareciera haberse retirado, que nos
hubiera, por así decir, abandonado a nosotros mismos.
En realidad, el verdadero “dueño” del mundo no es el
hombre, sino Dios. El Evangelio dice: “Así que velad, porque no sabéis cuándo
llegará el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, al canto del
gallo o al amanecer. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos”
(Mc 13,35-36). El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos esto para que
nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro de Dios. El
rostro no de un “amo”, sino de un Padre y de un Amigo. Con la Virgen María, que
nos guía en el camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras del profeta.
"Señor, tu eres nuestro padre; nosotros somos de arcilla y tu el que nos
plasma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Is 64,7).


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