Este título puede parecer un poco subjetivo para algunos. Con esta frase se puede abarcar tanto…Pero sólo quiero mostrarles un punto de vista. Primero, hay que dar gracias a Dios por TODO; por otro lado, y aquí va mi reflexión, siempre me he cuestionado ¿Cómo es que aquellos que no creen en Dios pueden llevar sus padecimientos y sufrimientos? Sé que la fuerza de voluntad es poderosa, igual el poder de la mente. Pero francamente les diré, que prefiero que mi fuerza de voluntad esté en cumplir la Voluntad de Dios y que el poder de la mente, sea la fe puesta en Dios, mi Señor.
Esta reflexión siempre ha estado conmigo, he pasado momentos muy difíciles en mi vida, tanto física como emocionalmente (como todo ser humano). Los últimos días he tenido un virus gripal que me produjo fuertes fiebres, tos y malestares físicos, entre otros síntomas; a veces sin poder dormir, ofrecía (como siempre hago) mis sufrimientos a Jesús para asociarlos a los de Él. Les puedo decir que este es un gran consuelo, saber que el sufrimiento de uno, entregándolo primero a María Santísima para que Ella lo purifique, puede ser tomado por Dios y retornar a uno en bienes espirituales y en algún otro tipo de bien para otros. “…sufro en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo” (Col 1, 24). Es el sufrimiento redentor al que estamos llamados todos los bautizados.
¡Qué desdicha para aquellos que no tienen fe! Que en sus momentos de angustia y dolor no acuden a Dios para que les dé fortaleza, los sostengan o sanen (según Su Voluntad). Pero lo más triste es que no elevan su corazón a Dios porque no creen en Él y mucho menos no tienen la esperanza de que hay una vida eterna donde no habrá más sufrimiento y todo será felicidad eterna, tal cual lo dice la Virgen del Rosario del Pozo en su sexto mensaje: “….Dios nos proveerá todo sin sufrimientos. En la vida eterna participaremos de la gracia bendita y eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; será la felicidad eterna…”.
Por eso digo: ¡Gracias a Dios tengo fe! Que desgracia la mía si no fuera así. ¿De dónde sacarías fuerzas para seguir adelante? ¿Para saber que más allá de todo padecimiento, si lo llevo con amor y fe, podré edificar con él mi vida eterna y la de otros? Este ha sido el ejemplo de los santos que nos presenta nuestra Iglesia. Debemos vernos en su espejo.
Así pues, cuando nos llegue el momento de la cruz debemos de llenarnos de fe, amor y paciencia y aceptación, entendiendo que Dios nunca nos dará una prueba que no podamos llevar y que al final saldremos purificados y con mayor crecimiento espiritual. Pero también, ayudemos a otros, de la manera que sea, a que crean en Dios y en esa vida eterna que nos ganó Jesucristo con Su muerte y Resurrección; vida que es sobrenatural que no es ilusión ni es etérea sino auténtica y palpable.
¡Ánimo! La fe es un don de Dios, que la recibimos con el sacramento del Bautismo, que camina por el piso de la duda y que se fortalece en las pruebas. Como don de Dios, se entiende que es Él quien la da, así que pidámosla porque como dijo nuestro Señor Jesús: "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá." (Mt 7,7-8)








