De: "Las Glorias de Maria" de San Alfonso Maria de Ligorio.
María en la encarnación del Verbo no pudo humillarse más de lo que se humilló; ni Dios pudo exaltarla más de lo que la exaltó
El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (Mt 23, 12). Es palabra del Señor que no puede fallar. De ahí que habiendo Dios establecido que se haría hombre para redimir al hombre perdido y manifestar así al mundo su bondad infinita, y teniendo que elegirse una madre, tuvo que buscar entre las mujeres la que fuese más santa y más humilde. Y entre todas eligió a la virgencita María que cuento era más perfecta en virtudes, era por lo mismo la más sencilla y humilde en su concepto, como la paloma. “Son incontables las doncellas, pero una sola es mi paloma, mi perfecta” (Ct 6, 7-8). Por eso dice Dios, ésta será la madre que yo elijo para mí. Veamos cuán humilde fue y cuánto la ensalzó el Señor.
Que María, en la encarnación del Verbo, no pudo humillarse más de lo que se humilló, éste será el primer punto. Y el segundo será considerar que Dios no pudo ensalzar a María más de lo que la ensalzó.
PUNTO 1º
1. María, Madre de Dios por su humildad
Hablando el Señor precisamente de la humildad de esta humildísima virgencita, dice: “Mientras estaba el rey recostado en su diván, mi nardo esparció su fragancia” (Ct 1, 12). Comenta san Antonino y dice que en la planta del nardo, por ser planta tan pequeña y sencilla, está prefigurada la humildad de María cuyo perfume subió hasta el cielo, y desde el seno del Padre atrajo a su seno virginal al Verbo de Dios. De modo que Dios atraído por el perfume de esta humilde virgencita, la eligió para ser su madre al querer hacerse hombre para redimir al mundo. Pero él, para que tuviera más gloria y mérito esta madre, no quiso hacerse su hijo sin obtener primero su consentimiento. No quiso tomar carne de ella –dice Guillermo abad– sin dar ella su asentimiento. Así, mientras estaba la humilde virgen en su pobre casita, suspirando y rogando con ardientes deseos a Dios para que mandase al Redentor –como le fue revelado a santa Isabel, monja benedictina– llegó el arcángel Gabriel portador de la gran embajada y la saludó diciendo: “Dios te salve, María, llena de gracia; el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres”. Dios te salve, Virgen llena de gracia, que siempre has estado llena de esa gracia más que todos los santos. El Señor está contigo porque eres tan humilde. Bendita entre todas las mujeres, pues mientras las demás incurrieron en la maldición de la culpa, tú, porque ibas a ser la Madre del Siempre Bendito, has sido y serás siempre bendita y libre de toda mancha.

¿Qué respondió María a un saludo tan colmado de alabanzas? Nada. Pensando en semejante saludo, se turbó. “Y pensaba qué significaba semejante saludo”. Y ¿por qué se turbó? ¿Acaso por temor a una ilusión, o por modestia viendo ante sí a un hombre, pues piensan algunos que el ángel se le apareció en forma humana? No, el texto es claro: se turbó al oír el saludo del ángel. Advierte Eusebio Eniseno: no se turbó por su rostro sino por sus palabras. La turbación se debió a su humildad al escuchar semejantes alabanzas tan distantes del humilde concepto que de sí tenía. Por lo que cuanto más la ensalza el ángel más se abaja considerando su insignificancia. Reflexiona san Bernardino sobre el particular y dice que si el ángel le hubiera dicho que era la mayor pecadora del mundo, no se hubiera admirado tanto; pero al escuchar aquellas alabanzas tan sublimes, se turbó por completo. Se turbó, porque estando tan llena de humildad, rehuía cualquier género de alabanza personal y quería que su Creador y dador de todo bien fuera bendecido y alabado solamente. Así le dijo la misma Virgen María a santa Brígida hablando del momento en que se convirtió en Madre de Dios: “No quería mi alabanza, sino tan sólo la de mi Creador, dador de todo bien”.
2. María agradó a Dios por su humildad
Pero al menos, digo yo, la Virgen santísima, tan conocedora del sentido de las Sagradas Escrituras, sabía que estaba cumplido el tiempo predicho por los profetas, de la venida del Mesías, y que estaban cumplidas las siete semanas de Daniel, y según la profecía de Jacob, había pasado a manos de Herodes, rey extranjero, el cetro de Judá; y sabía también que una virgen tenía que ser la madre del Mesías; al oír que el ángel le colmaba de aquellas alabanzas que parecían no convenir sino a una madre de Dios. ¿Acaso pasó por su mente siquiera el pensamiento de que tal vez ella fuera la elegida para Madre de Dios? No; su profunda humildad no le dejó concebir tal pensamiento. Tales alabanzas sólo sirvieron para hacerse sentir un gran temor de manera que, como reflexiona san Pedro Crisólogo: “Así como Cristo quiso ser confortado por el ángel, así debió ser María animada por el ángel”. Como el Señor tuvo que ser animado por el ángel, así fue necesario que el arcángel san Gabriel, viendo a María tan desconcertada por aquel saludo, la animara diciendo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”. No temas ni te asombres de los grandes títulos con que se te saluda, porque si tú, a tus propios ojos eres tan pequeña e insignificante, Dios que exalta a los humildes te ha hecho digna de encontrar la gracia perdida por los hombres y por eso te ha preservado de la mancha común a todos los hijos de Adán. El Señor desde el instante de tu Concepción te ha colmado de gracias superiores a las de todos los santos; por eso ahora te ves ensalzada a ser su madre: “He aquí que concebirás y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús”.

Y ahora ¿qué es lo que se espera? “El ángel espera tu respuesta –dice san Bernardo– y también nosotros esperamos, oh Señora, tu palabra de conmiseración, nosotros que estamos oprimidos bajo la sentencia de condenación”. El ángel espera tu respuesta, como la esperamos nosotros los condenados a muerte. “A ti se te ofrece el precio de nuestra salvación y al instante seremos liberados si consientes” –continúa diciendo san Bernardo–: “Ved, oh Madre nuestra, que a vos se ofrece el precio de nuestra salvación, que es el Verbo de Dios hecho hombre en ti; si tú lo aceptas por hijo, al punto seremos librados de la muerte. El mismo Señor, lo mismo que estaba enamorado de tu hermosura, otro tanto deseaba tu consentimiento del que dependía la salvación del mundo”. “Responde ya –dice san Agustín– ¿por qué retrasas la salvación del mundo? Pronto, Señora, responde; no retrases más la salvación del mundo que ahora depende de tu consentimiento”.
Pero ya responde María al ángel y le dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. ¡Oh respuesta la más bella, la más humilde y la más prudente que no hubiera podido discurrir toda la sabiduría de los hombres y de los ángeles juntos, si la hubieran estado pensando millones de años! ¡Oh respuesta tan poderosa como para colmar de alegría al cielo y traer a la tierra un mar de gracias y de bienes! ¡Respuesta que, apenas salida del corazón de María, atrajo desde el seno del Padre eterno a su Hijo Unigénito a su purísimo seno para hacerse hombre! Sí, porque apenas profirió las palabras: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, al instante “el Verbo se hizo carne. El Hijo de Dios se hizo Hijo de María”. “¡Oh fiat poderoso –exclama santo Tomás de Villanueva– oh fiat eficaz! ¡Oh fiat venerable sobre todos los fiat! Porque con otro fiat Dios creó la luz, el cielo y la tierra; pero con este fiat de María –dice el santo– el mismo Dios se hizo hombre como nosotros”.