Hace poco encontré un artículo que me parece genial. Es sobre la Santísima Virgen y las características principales de su devoción; como católicos uno debe ser buen devoto de María y tener bien claro cómo desarrollar nuestro afecto y devoción a nuestra querida Madre del Cielo.
Las pautas las pone el Rev. P. John Hardon, S.J.; él nos dice que quienes son devotos de María Santísima piensan en ella, leen acerca de ella, hablan de ella, le hablan a ella, la invocan y la tratan de imitar. El contenido que leerán a continuación es, textualmente, del P. John.
Piensa en ella
Primeramente, si somos devotos de Nuestra Señora, pensamos en ella. Instintivamente pensamos acerca de la gente que admiramos y amamos. No estoy muy seguro de como se define un pensamiento placentero, pero me animo a decir que los pensamientos placenteros los tenemos mayormente por la gente que amamos. Una de las razones por las que hay tanta gente triste es porque no saben cómo amar a otros de la manera que debieran y como consecuencia, se privan de la mejor experiencia mental que se puede tener. Una indicación bastante exacta de lo mucho que amamos a alguien es el tiempo que pasamos pensado en esa persona.
Para pensar sobre María necesitamos tener algo que nos la recuerde en nuestra vida. Puede ser una foto, una imagen, un símbolo o una estampita de esas que se doblan, como la que tengo en mi escritorio con la inscripción "María, enséñame a saber la voluntad de Jesús." Tenemos que seguir haciendo el esfuerzo de recordar hasta que se vuelve un hábito. Como sabemos, la formación del carácter es el resultado de los hábitos que formamos conscientemente. Por eso, la primera recomendación que doy es: cultivar por todos los medios a nuestro alcance el hábito de tener pensamientos marianos.
Lee libros que hablen de ella
En segundo lugar, una persona que desea cultivar una fuerte devoción por Nuestra Señora, se informa leyendo acerca de ella. Hay tantos libros y publicaciones marianas que cualquiera que declara ser un devoto de Nuestra Señora y nunca abre un libro, ni lee un artículo, ni se molesta en encontrar algo más de información sobre ella, echa dudas sobre la sinceridad de su declarada devoción. —¡A leer sobre María entonces en las Escrituras, en las vidas de los santos, etc.
Habla de ella
La persona que es devota de María habla de ella. Me siento perfectamente seguro de hablar de ella porque confío que quien me lee quiere hablar de ella con otros. Lo que pensamos o leemos nos debe dar suficiente material para charlar del tema. Mejor todavía, lo que ya está en la mente o en el corazón. brotará inevitablemente de los labios, Nuestra Señora quiere que hablemos de ella.
Háblale a ella
Los devotos de la Madre de Dios le hablan a ella. Nada de discursos, simplemente conversación. Esto evidentemente le resulta muy agradable a ella y honra a su Hijo. Admito que hablar de nuestras cosas con ella, puede ser más fácil para unos que para otros, pero los grandes católicos lo hacen, quieren hablarle a Nuestra Señora. Tiene mucho sentido. Ella está viva; ella es la Madre de Dios y es accesible. Hablar con Dios es, por supuesto, la primera prioridad en nuestras vida de oración. Pero como somos humanos, todos sabemos lo que significa tener una madre. Ya sé que hablarle a ella de casi cualquier cosa y de todas las cosas que tenemos en mente puede tomar casi todo momento libre del día. No quiero ni suponer lo que la gente comúnmente puede tener en mente la mayor parte del tiempo. Por experiencia he aprendido que en general —¡la gente parece estar hablando consigo misma cuando habla con nosotros!
Es importante tener amor propio, adecuadamente controlado, porque Dios nos enseña que amarnos a nosotros mismos es esencial si queremos amar a otros.
Pero me temo que el amor propio puede ser una especie de adicción para mucha gente. Un ejemplo de este amor propio fuera de control es el soliloquio casi ininterrumpido. Al hablar a María no solo rompemos esa costra de egoísmo por el cual todos tenemos una inclinación patética. También nos pone en contacto con esa persona que—después de Dios—es la más importante mediatriz que aboga por nuestra salvación, según nos lo enseña infaliblemente la Iglesia.
Invócala
Quienes son devotos de Nuestra Señora la invocan con frecuencia. Habrá notado que hago una distinción entre hablar a María e invocar a María. Cuando hablo con ella, tal como lo hago en mi conversación con otras personas, estoy compartiendo con ella lo que está en mi mente y en mi corazón; cuando invoco, estoy pidiendo. Me atrevo a decir que esta es la forma más común de conversación mariana y es parte de la vida diaria de todo católico.
Merece ser destacado, sin embargo, que este invocar a María debe ser hecho en forma consciente. Es una cuestión de puro sentido común espiritual que al comenzar a rezar debamos tomar conciencia de a quién le estamos hablando y de lo que estamos diciendo. Cada vez que adoramos a Dios, aunque lo hagamos distraídamente, le complacemos. Pero mucho mejor es adorarlo con una conciencia plena y alerta.
Hay una gran diferencia entre conversar de corazón con una persona y oír a alguien que está conversando y solo se escucha a sí mismo.
Además, cuando invocamos a María lo debiéramos hacer con plena conciencia y atención, pero además con plena confianza. María escucha nuestras peticiones, hasta las más triviales, tal como se puede ver en el milagro del vino en las bodas de Caná.
Imítala
Finalmente, una persona devota de María se esfuerza por imitarla. No dudo en afirmar esto, que en la medida que seamos devotos de María, esa misma será la medida de su influencia en nuestras vidas.
Entre las virtudes de Nuestra Señora que debemos tratar de imitar, yo pondría su simplicidad cerca del lugar más alto, Lo he mencionado muchas veces, cuando uno más trata con las almas, más se aprende de las batallas de la vida y cada vez se hace más evidente que lo que más falta en nuestra vida espiritual es simplicidad. Esto se debe en parte a la complejidad de la vida moderna ¿Qué significa modelar nuestra vida tomando como ejemplo la simplicidad de Nuestra Señora? El principal significado es eliminar toda pretensión.

La verdadera grandeza no avanza tocando trompetas. La pretensión es orgullo; es reclamar la posesión o el conocimiento de algo que no sabemos o no tenemos para que la gente piense mejor de nosotros. La simplicidad significa que uno no se da aires de nada en especial, es una manifestación de humildad. Comparemos en nuestras vidas como tratamos con diferentes personas. Como vamos por la vida definiendo a las personas de esa manera: "éste es superior a mí" o "éste es inferior" No puedo ofrecer una fórmula más valiosa para la práctica de la caridad cristiana que el tratar a toda persona como a un igual. Dios bendice en abundancia a quienes son así. Se puede ir un paso más allá y hacer como San Ignacio de Loyola: tratar a todos como si fueran nuestros superiores.
La simplicidad de Nuestra Señora es la simplicidad del servicio. En el momento en que el ángel le dijo que Isabel estaba encinta, ¿qué hizo María? Inmediatamente se dirigió a casa de Isabel para ayudar. Sin darse aires. No debe haber nada, por servil que parezca, que no estemos dispuestos a hacer. Sin vanidad. Sin hacer aspavientos. Sin artificios. Con simplicidad infantil imitemos la simplicidad del corazón de María.
Muchos santos nos dicen que ningún devoto de María se puede perder. Esto debe ser verdad. La devoción por Nuestra Señora es un signo de que estamos agradando a Dios, porque Dios, como es de esperarse, ama a quienes aman a su madre. Por eso es que El nos la dió, nos la confió a nosotros y confió el cuidado de sus hijos a ella. Así es que cuando hacemos la voluntad de su Hijo, disfrutamos de la presencia de ella no solamente en esta vida sino también en la eternidad. El cielo no es otra cosa que poseer a Jesús y María. Madre e Hijo no pueden estar separados; no podemos elegir uno u otro. O los amamos a los dos y somos devotos de ambos, o no poseeremos a ninguno de los dos. Pero si los amamos y los servimos en esta vida, estaremos con ellos para siempre en la compañía de todos los santos, que han llegado al cielo porque amaron a la Madre de Dios.
"Protéjanse debajo de mi manto y vivan en mis virtudes"